Dos birdies seguidos en los hoyos 13 y 14, con determinación, calidad, magia y poderío dieron la última puntada al hilo verde de la nueva chaqueta que ya luce con orgullo Jon Rahm en su armario. La Chaqueta Verde. Uno de los premios más reconocibles en la historia del golf. Jon Rahm es campeón del Masters de Augusta. Y lo ha hecho como tiende a hacerlo todo en su vida este gigante de Barrika. A lo grande. El morrosko ya es verde. Ya tiene dos Majors: el US Open y el Masters.
Se puede ganar un Masters. Hay que ser muy bueno, claro, pero se puede ganar. Sin embargo, hacerlo el mismo día que nació tu gran ídolo, el primer instigador de que Jon agarrara con sus manos un palo de golf siendo un crío, le corresponde sólo a los elegidos. Porque sí, porque Rahm lo ha vuelto a hacer. No sólo gana el Masters, sino que lo hace el mismo día que Seve Ballesteros habría cumplido 66 años. Definitivamente, el espíritu de Seve sigue campando a sus anchas en este bendito campo de Augusta. Reverencias, maestro.
Un espíritu vestido de verde. El cántabro mueve sus hilos. No se le ve. Pero está. Sólo así se puede entender esa extraordinaria mística. Desde que murió en 2011 han acabado dos Masters el 9 de abril, el día de su cumpleaños, y los dos han sido para jugadores españoles: Sergio García en 2017 y Jon Rahm en 2023. Es alucinante. Y eso que este año estuvo a punto de finalizar el lunes por mal tiempo. Nada. No se preocupen. Ahí arriba estaba Seve jugando con las nubes para que todo fuera perfecto. Con razón, otro campeón del Masters como José María Olazábal, cuatro españoles, que se dice pronto, se emociona cada vez que lo recuerda. Su influjo es extraordinario. Abrió el camino.
A Green Jacket for Jon Rahm. #themasters pic.twitter.com/9m0Z59P1qR
— The Masters (@TheMasters) April 10, 2023
Rahm ha ganado el Masters como lo hacen los grandes. Ha jugado 30 hoyos de libro en un domingo de maratón. Le metió el miedo en el cuerpo a Brooks Koepka en cinco minutos. En el hoyo 7, aún en la tercera ronda, a las ocho y media de la mañana en Augusta. Le quitó dos golpes y a partir de ahí pasó a ser el amo y señor de la situación. Hasta las 19.25, cuando metió el último putt, casi once horas después. Claro que han pasado muchas cosas, pero en el ambiente flotaba que Jon era quien mandaba. Koepka, mientras, se iba haciendo cada vez más pequeño.
La cuarta y definitiva ronda nos ha dejado muchos momentos claves. Hay que contar el putt de par en el hoyo 1. Vital. Nada más empezar. Tirando de garra cuando el asunto se había torcido con un segundo golpe discreto. El birdie del 3, con otro gran putt. Los dos putts del 5 o la sensacional salvada del hoyo 6, desde abajo del todo, haciendo approach y putt mientras Augusta rugía. Porque sí, hoy aquí la gente iba con Jon. Querían que ganara el español. Ahí se ponía líder en solitario por primera vez este domingo… y ya no lo soltaría. Jon lo volvía a hacer, llegaba a la calle del 7 ganado al campo.
Por supuesto, Jon empezó a ganar el Masters con un birdie de fábula en el hoyo 8. Qué manera de aprochar. En ese hoyo y durante toda la semana. Birdie dado. También le dio un buen empujón con tres buenos pares en los hoyos 10, 11 y 12, lo más crudo del Amen Corner, dejando sin efecto el traicionero bogey del 9, después de pegar un gran golpe que mereció mucho más, sobre todo no desvanecerse la bola cuesta abajo cuando la había puesto en bandera.
En esta misma secuencia del 10 al 12, donde Jon desplegó un golf de máximo control, Koepka sufría. Iba atrancado. Nada que ver con lo que había ofrecido los dos primeros días. Sí, Jon le había comido la moral. Fallón desde el tee, impreciso con los hierros y ya no tan letal con el putter. Su gran problema es que tenía al lado a un gigante y no veía la manera de hacerle daño.
Entonces, llegó el momento decisivo del Masters. El drive del 13. Un golpe extraterrestre. Eligió la línea más agresiva, cortando el dog leg, dibujando de manera preciosa la curvatura de la calle. Era el momento de decir aquí estoy yo y así lo hizo. No tiró a conservar, no fue timorato. No. Fue a ganar el Masters. Lo tiró antes que Koepka y el mensaje llegó.
Después, llegó la maravilla del 14. La salida se le fue un poco a la derecha y quedó tapado por los árboles. Apareció la magia. Jon ejecutó un golpe abierto, librando las ramas de los siempre peligrosos pinos de Augusta y la dejó a poco más de un metro. Birdie. Punto y final. La Chaqueta Verde ya tenía nombre. A partir de ahí, Jon maniobró con la situación como una auténtico campeón. Remató la victoria con solvencia.
Es el triunfo de un GIGANTE. De un GIGANTE que ya es VERDE y que ha dejado a todos con la boca abierta por su manera de moverse por el campo, por su tranquilidad, por su calma, por su convicción, por la seguridad de que esa Chaqueta Verde era suya. Ha sido una demostración portentosa. Como si llevara toda la vida haciéndolo. Hasta el puso un poco de emoción al final con un mal drive en el 18 cuando ya tenía cuatro golpes de ventaja. Rebotó en los árboles, se quedó muy corto y tiró de tres a green. Pues bien, aún así, sacó el par. Jon gana el Masters con -12 y una vuelta final de 69 golpes. Dejó al segundo clasificado a cuatro golpes. Bestial.
Al golf sólo le había pedido una cosa Jon en los últimos años: «ponme el domingo con opciones de ganar el Masters de Augusta. Del resto me encargo yo». Y vaya si se ha encargado. GIGANTE.




Hermoso todo!