«Rory va a ganar en Augusta. Rory va a ser campeón del Masters. No tengo ninguna duda. Lo hará en algún momento. Tiene el talento, lo ha jugado muchos años y sólo es cuestión de tiempo. Algún día será un gran campeón del Masters». Quien habla es Tiger Woods. Lo ha dicho este martes. No ha sido una respuesta para salir del paso, ni para quedar bien con un colega de curro. El quíntuple ganador de la Chaqueta Verde lo dice desde el más profundo de los respetos y la más absoluta convicción.
Porque sí, porque un año más, y ya van diez, el gran debate que flota entre los gigantescos árboles de Augusta es si por fin irá la vencida y McIlroy será capaz al fin de cerrar el Grand Slam. Rory agradece el apoyo de Tiger, aunque se muestra algo más escéptico. «Me halaga su confianza, pero está claro que no voy a ganar el Masters simplemente porque él lo haya dicho. Yo también creo que lo tengo todo para ganar aquí, pero después hay que salir al campo y hacerlo», remataba.
Rory lo ha probado todo. Ha jugado la semana antes, ha descansado, ha venido a Augusta a un mes vista, con su padre, con un amigo, solo, ha aparecido el martes antes del torneo… Ha estado con su entrenador de toda la vida, Michael Bannon, se ha puesto en manos de Brad Faxon, ha acudido a Pete Cowen y, lo más reciente, ha consultado con Butch Harmon. Lo ha tocado todo para llegar finalmente a una conclusión: Bobby Jones tenía razón.
McIlroy tiene definitivamente claro que todo está en la parte mental del juego. Como dijo en su día, hace ya muchísimos años, el padre de Augusta National y del Masters, el único jugador capaz de ganar el Grand Slam: «La distancia más importante del golf son las cinco pulgadas que hay entre una oreja y otra». Bobby Jones lo dejó grabado a fuego para la historia. Todo está en la cabeza.
Rory llega este año a Augusta con esa seguridad. Poco le importan los ajustes técnicos, si el drive está más o menos enchufado, si los hierros son certeros o si el putter está sólido, la parte de su juego que va a marcar la diferencia para cerrar el Grand Slam es la psicológica.
Sobre esta base, el norirlandés tiene dos estrategias esta semana: disfrutar como un niño y tener la paciencia de un anciano sabio. La primera la ha puesto en práctica nada más enfilar con su coche Magnolia Road. «Sé que tengo que disfrutar como cuando llegué aquí por primera vez con 18 años, que todo me parecía especial, todo me gustaba, la idea es valorar el hecho estar aquí, sentirme afortunado por ello, incluso apreciar el olor de las azaleas», explica.
La segunda estrategia se pondrá en marcha en cuanto pegue el primer golpe el jueves. «Se trata de intentar no ganar el Masters desde el primer golpe de salida. Es algo que he tenido que aprender. Es un torneo de golf de 72 hoyos. He ganado con diez golpes de desventaja antes del fin de semana. Hay un montón de maneras diferentes de hacerlo. Este campo de golf te invitar a intentar más cosas que otros, si haces un bogey o te quedas fuera de posición, te tienta a hacer algo que crees que puedes hacer y te acaba cazando. A veces hay que tomar el camino conservador y ser un poco más disciplinado y paciente, seguir el plan trazado», señala.
Esta es la hoja de ruta de Rory McIlroy: las cinco pulgadas de Bobby Jones. Es su decimosexto asalto al Masters. ¿Será el definitivo?



