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Rory McIlroy explica el Rubicón psicológico que ha tenido que atravesar en los últimos 14 años

El estómago cerrado y las piernas de gelatina

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Rory McIlroy recibe la Chaqueta Verde de manos de Scottie Scheffler.
Rory McIlroy recibe la Chaqueta Verde de manos de Scottie Scheffler.

Si la cara es el espejo del alma, la de Rory McIlroy reflejaba éxtasis. Mientras Scottie Scheffler, ganador en 2024, cumplía con el elegante requisito de ponerle la Chaqueta Verde en el green del 18 como ganador del Masters, la expresión del rostro del flamante campeón decía algo así como: «Dios, qué bien sienta esto. Todo ha merecido la pena».

Porque Rory lo ha pasado muy mal. Vivió un calvario el domingo, por supuesto. Pero también el jueves, cuando terminaba con dos dobles bogeys en los cuatro últimos hoyos. Y en el US Open del año pasado, con esos dos putts cortos que se escapaban en el tramo final. Y, claro, en el Masters de 2011, cuando dejaba marchar su primera gran oportunidad de conquistar un Grande. Y en todas y cada de sus visitas a Augusta desde 2015, donde hasta la última hoja del último magnolio le susurraba al oído que ese era el año, que sí, que definitivamente iba a ganar el Masters y el Grand Slam.

Después de una semana entera de contención, de mirar hacia adentro, de encerrarse en un búnker emocional, prohibiéndose incluso mirar el móvil, McIlroy finalmente se quebró y dejo fluir todas sus emociones. «Llegué al tee del 1 con un nudo en el estómago. No tuve hambre en todo el día. Me obligaba a comer. Tenía las piernas como si fueran gelatina. Son los nervios normales y, de hecho, son buenos. Si no los sintiera, sería peor. Ha sido una lucha mental constante por mantenerme en el presente y hacer bien el siguiente golpe. Mi batalla hoy fue conmigo mismo. Al final fue con Justin, pero sobre todo con mi mente. No diré que lo hice perfecto, pero logré cruzar la meta». decía aliviado.

Rory reconoce sin complejos que estaba atacado cuando empezó la vuelta. Fue ahí cuando la inspiración de Jon Rahm acudió al rescate. «No me lo puse fácil hoy. Desde luego que no. Fue uno de los días más difíciles que he tenido en un campo de golf. De una forma curiosa, siento que el doble bogey en el hoyo 1 me calmó un poco los nervios. Caminando al 2, lo primero que me vino a la cabeza fue Jon Rahm hace un par de años haciendo doble bogey y terminando ganando (lo hizo en la primera jornada de 2023 y terminó firmando una tarjeta de 65 golpes y con la Chaqueta Verde el domingo). Así que al menos mi mente estaba en el lugar correcto, pensando en positivo. Pero fue una auténtica montaña rusa. Muy complicado allá fuera», explica.

La victoria este domingo ha puesto el broche a una durísima batalla que ha durado 14 años. «Lo que salió de mí en el green final durante el desempate fueron al menos once, si no catorce años, de emociones contenidas. Desde 2011. Han sido 14 años largos», admite. En este sentido, por si no lo recordaba antes de empezar la ronda final, se encontró con una nota manuscrita en la taquilla de su vestuario a modo de recordatorio. «Era de Ángel Cabrera deseándome suerte. Cabrera fue con quien jugué el último día en 2011. Fue un detalle muy bonito y al mismo tiempo irónico».

McIlroy no esconde que todas las expectativas generadas durante los años han pesado muchísimo sobre sus hombros. Incluso, cuando Jack Nicklaus, Gary Player y Tom Watson afirmaban este mismo, jueves tras pegar su golpe de honor y sin género de duda, que Rory iba a a ganar esta semana. «Es duro. Jack, Gary, Tom, Tiger… Todos han pasado por aquí y han dicho que un día ganaría el Masters. Es una gran carga. Son ídolos para mí. Es muy halagador que crean en mí y en que puedo ganar este torneo y completar el Grand Slam. Pero no ayuda mucho. (Risas). Ojalá no lo dijeran, aunque con los años, me he ido acostumbrando al ruido que rodea mi semana del Masters», se sinceraba el norirlandés.

Lo de McIlroy ha sido un Rubicón psicológico y nadie lo puede explicar mejor que él mismo. «He llevado esa carga desde agosto de 2014. Casi 11 años. Y no sólo por ganar mi siguiente major, sino por el Grand Slam. Deseaba unirme a ese grupo de cinco jugadores, mientras veía a muchos compañeros de generación ganar Chaquetas Verdes en ese proceso. Sí, ha sido duro. He intentado encarar este torneo con la actitud más positiva cada vez que he venido y creo que la experiencia acumulada me ha hecho sentir un poco más cómodo en los golpes cruciales. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Ha sido difícil. Estaba increíblemente nervioso esta mañana. Muy nervioso en el primer hoyo, pero pude mostrar esa resiliencia de la que tanto hablo. Era una carga muy pesada, y ahora que ya no la tengo, me siento libre. Sé que volveré aquí cada año, lo cual es maravilloso», señala.

Por todo ello, Rory no podía terminar de otra manera que enviando un mensaje de optimismo. Lo hace mediante una charla imaginaria con su yo de 2011 justo al acabar el Masters. «Vería a un joven que no sabía mucho del mundo. Un joven con mucho que aprender y madurar. No entendía por qué me puse en esa gran posición en 2011 ni por qué la dejé escapar. Pero esas experiencias, pasar por derrotas duras, me enseñaron. Me diría: “Sigue en el camino. Sigue creyendo.” Y diría eso a cualquier niño o niña que escuche esto: hoy literalmente hice realidad mis sueños. Y si trabajas lo suficiente, puedes lograr lo que te propongas».