Érase una vez en Rorylandia, un reino encantado donde, por alguna razón que se nos escapa a todos los mortales, es necesario ganar el Masters cinco veces en una misma semana para al fin ganarlo por primera y definitiva vez. Rory McIlroy ya era oficiosamente una leyenda del golf mundial y hoy, después de ganar a Justin Rose el Masters en el primer hoyo de un desempate dramático y enfundarse la chaqueta verde, ya lo es de manera oficial. Los cinco magníficos, aquellos que ya habían ganado cada uno de los Grandes al menos una vez (Sarazen, Hogan, Player, Nicklaus y Woods), ya son seis.
Ni es un decir, ni es una broma: cinco veces, cinco, ha tenido que ganar Rory este Masters.
La primera. Ocurrió durante la primera ronda, la del jueves, aquellos primeros catorce hoyos primorosos del muchacho de Holywood, que venía con un parcial de cuatro menos y con el control absoluto de las operaciones. Pero entonces llegaron los dobles bogeys en los hoyos 15 y 17…
La segunda. Y la más larga en el tiempo. Rory, en efecto, volvía a ganar el Masters con dos rondas formidables de 66 golpes, viernes y sábado, reponiéndose primero del terrible varapalo sufrido en la recta final de la primera jornada y asomando de nuevo entre los mejores hasta el punto de liderar con autoridad el torneo después de 54 hoyos. Pero entonces llegó el doble bogey del hoyo 1 en la cuarta y definitiva ronda…
La tercera. Lejos de entrar en pánico, y una vez igualadas las fuerzas de nuevo, McIlroy no iba a tardar demasiado en reaccionar, auxiliado en aquel momento, todo hay que decirlo, por un Bryson DeChambeau (-7), que olió la sangre, sí (su birdie en el hoyo 2 lo situaba como líder), pero al que este domingo han faltado recursos, herramientas, para mantenerse en lo más alto. Ni estuvo su mejor versión el sábado, aunque aquel día sacara adelante el trabajo, incluso con brillantez, ni ha estado el domingo. Rory no tardaba mucho en reaccionar, decíamos, y fueron cayendo los primeros birdies. En el 3, en el 9, en el 10… De nuevo había ganado el Masters. Y ni siquiera un bogey en el 11 lo iba a evitar. Pero entonces llegaba el terrible colapso en el 13 y esa bola al agua de tercer tiro desde una posición en la que este jugador podría jugar diez mil veces seguidas y ninguna terminaría en el agua ni en doble bogey…
La cuarta. Mientras Rory cometía tan terrible error, seguido de un nuevo bogey en el 14, Justin Rose seguía a lo suyo, jugando valiente, con una determinación mayúscula y, sobre todo, haciendo muchos más birdies que bogeys, así que las fuerzas se habían equilibrado hasta el punto de llegar a encontrarnos a tres líderes en lo alto de la tabla, ya que Ludvig Aberg (-6) también estaba haciendo su trabajo de manera quirúrgica, antes de despeñarse en la recta final con bogey en el 17 y triple bogey en el 18. Se veía Rory de nuevo obligado a ganar el Masters, y lo hacía con una reacción propia de los elegidos, sobre todo en una situación ya tan absolutamente estresante: hierrazo 7 de locura a las nubes y cerrando en el 15 para dejarse una clara opción de eagle (sería birdie), otro excelente disparo en el 16, aunque tampoco convirtiera la opción de birdie, y un poderoso hoyo 17: go, go, le suplicaba McIlroy a su bola desde el fairway y entre gemidos para que volara un poquito más y se quedara donde finalmente se quedó, a un metro del hoyo (aquí sí haría el birdie). Pero entonces llegó el bogey en el hoyo 72 del torneo…
Y la quinta. Eso es: después de pegar una excelente salida y tener en las manos un wedge para cerrar el Masters (necesitaba hacer el par en el hoyo 72), enviaba la bola a la arena y acto seguido fallaba un putt de menos de dos metros. Así que iba a tener que salir a un desempate con Rose para ganar el Masters por quinta vez. Cinco eran demasiadas veces. Le tocaba perder definitivamente, se escuchaba en los mentideros de Rorylandia, ahora sí que sí. Pero McIlroy volvía a ganar por quinta vez el Masters, replicando en el primer y único hoyo de desempate la salida que había pegado en ese hoyo 18 hace unos minutos, pero pegando esta vez un sobresaliente segundo tiro con un wedge en las manos y firmando el birdie liberador.
Entre el delirio de los aficionados (delirio literal: a Bryson se le quiere mucho, cada vez más; a Rory se le adora), el genial jugador norirlandés se derrumbaba allí mismo sobre el green, vacío y roto, vomitando un llanto salvaje desde las entrañas. Y se entendía perfectamente que así fuera. No se gana el Masters cinco veces todas las semanas para cantar victoria.




A Rory le pasó como a Messi en el fútbol. Lo deseó tanto, lo sufrió tanto, insistió tanto que al final lo terminamos deseando todos, lo terminamos sufriendo todos, insistimos tanto para que lo ganara… que lloramos todos de alegría y justicia!