Justin Rose (-8) sigue en todo lo alto de la tabla del Masters una vez finalizada su segunda ronda. El inglés no ha estado hoy tan ordenado como el jueves; es más, arrancaba la vuelta más fallón que otra cosa, pero nadie se acuerda de la última pataleta que se le vio a este hombre en un campo de golf, si es que alguna vez la hubo. Así que apretaba los dientes, se apoyaba en un juego corto fino, finísimo, intercalaba algún tirazo, como los de los hoyos 12 y 17, y terminaba sacando adelante una ronda por debajo del par para meterse con casi total seguridad en el partido estelar del sábado, donde de verdad comienzan a repartirse los boletos de la lotería final del ganador.
El problema que tiene Rose es el maravilloso barullo que se le está organizando a su espalda. Bryson DeChambeau (-7) no ha cedido en su empuje y al 69 del jueves ha seguido un 68 el viernes. Si él no es ahora mismo un candidato de manual al triunfo es que nadie lo es. El californiano de LIV no le tiene miedo a nada. Y lleva unos años tratando de hacer las paces con el Augusta National, un titán al que ofendió gravemente en los días previos a aquella edición extraña de noviembre de 2020, cuando dijo que el par de este campo, para él, en realidad era de 67 golpes… Ya pidió perdón el año pasado por aquellas arrogantes y estúpidas declaraciones después de firmar un 65 en la primera ronda (terminaría sexto) y, sobre todo, después de haber fallado el corte en 2022 y 2023. Este tipo, antes o después, va a enfundarse la chaqueta verde, sólo falta por descubrir si, por ejemplo, lo conseguirá este año.
Entre otras cosas, porque Rose no será el único gran rival a batir. Vienen en tropel varios ilustres y al frente de todos ellos galopa Rory McIlroy (-6), corneta en ristre. Viene Lowry (-5) y viene Hovland (-4), a pesar de haber terminado el noruego con bogeys en los hoyos 17 y 18; vienen Matsuyama (-3) y Fleetwood (-2)… Hasta Schauffele (-2) viene, que se ha ganado su porción de posibilidades con una vuelta de 69. Y Aberg (-3), aunque sea después de jugar hoy por encima del par (73), viviendo de las rentas del jueves. Por no hablar de los Scheffler o Hatton, que en el momento de editar esta crónica andaban peleando en los puestos de arriba. Vienen muchos y son muy buenos, pero ahora no queda más remedio que detenerse en uno, oriundo de Holywood.
Vaya la exhibición de McIlroy en esta segunda jornada tras el demoledor fiasco de la primera ronda. De golpe y porrazo ha recuperado todas las opciones de completar el Grand Slam con una ronda de 66 golpes y, más en concreto, unos segundos nueve que cerraba en 31 golpes y arrancaba con cuatro ‘treses’ consecutivos en los hoyos 10, 11, 12 y 13, birdie-birdie-par-eagle, para entendernos.
Y el caso es que, casualidad o no, voluntaria o involuntariamente, la mejor versión de Rory se ha visto cuando ha jugado al modo y manera de… Rory. A saber: tirazo en busca del trapo en el 10; nuevo tirazo a esa bandera corta y por la izquierda del 11, que no hace otra cosa todo el día que admirar su propio reflejo en el agua, tan coqueta ella; y un nuevo disparo asesino en el 13, desde la pinaza, que probablemente buscaba una línea menos peligrosa, más por la izquierda de la bandera, pero que, mire usted, terminaba llevando la bola por el flanco derecho, salvando justito la ría y procurándole una magnífica opción de eagle, que convertiría.
Estos son los modos y maneras que todos tenemos asimilados como propios de este formidable jugador: Rorylandia, de hecho, es uno de los lugares más fascinantes del deporte mundial. Por otro lado, tendremos también que acostumbrarnos a convivir con esa otra versión, algo más contenida y calculadora, que es la que él viene forjando y defendiendo a capa y espada y que, no nos engañemos, indiscutiblemente le va a dar más rédito. Más Grandes. Pero Rory siempre será Rory y entre cálculo y cálculo nunca dejará de encontrar el momento de poner en marcha las caderas y bailar un rock and roll.



