Inicio PGA Championship PGA Championship 2024 El carisma de DeChambeau ‘versus’ el carisma de Schauffele
Ras de hierba de la jornada final del PGA Championship

El carisma de DeChambeau ‘versus’ el carisma de Schauffele

Compartir
Bryson DeChambeau. © Pedro Salado/CAPTURASPORT. Xander Schauffele. © Mateo Villalba y /CAPTURASPORT
Bryson DeChambeau. © Pedro Salado/CAPTURASPORT. Xander Schauffele. © Mateo Villalba y /CAPTURASPORT

La 106ª edición del PGA Championship nos ha dejado tres grandes nombres. Curiosamente coinciden con los tres jugadores que llegaron al hoyo 72 del torneo con opciones de victoria, comenzando por supuesto por el del ganador, Xander Schauffele, seguramente el jugador del mundo sin un Grande en su palmarés que más méritos había juntado para al fin ganarlo.

Los otros dos: Bryson DeChambeau y Viktor Hovland. El impacto de DeChambeau en la semana del torneo, no obstante, ha ido un poco más allá. Por su explosividad. Por su puesta en escena. Por su manera de celebrar y de interactuar con los aficionados. Por esa vocación recién descubierta, según ha confesado el propio jugador, de artista que entretiene, “además de jugar algunas veces bien al golf”, señalaba.

Y entonces se abre paso de nuevo el debate sobre el carisma y demás pamplinas. Los medios estadounidenses, por ejemplo, se han volcado en señalar la necesidad que el golf mundial tiene, poco más o menos, de contar más a menudo con el gancho de este jugador, que ciertamente tuvo el apoyo masivo de los aficionados en Kentucky. Podemos darle vueltas mil y una veces a estas cuestiones: ¿No son Scheffler o Schauffele, incluso Hovland, demasiado inexpresivos?, ¿no es necesario un revulsivo como DeChambeau para levantar al respetable de sus asientos?, ¿no es el californiano uno de esos jugadores por los que pagarías una entrada para ir a verlo?…

Todo esto está muy bien, pero no olvidemos que al final del todo, al doblar el último recodo del camino, están siempre esperando los fríos números, el resultado, los birdies y los bogeys. El gancho de Bryson se sustenta en los resultados. El teatro (sea  bienvenido) y la etiqueta de ‘genio loco’ son notables ingredientes, pero accesorios al fin y al cabo. No hay carisma que se sostenga sin aquel sexto puesto de hace un mes en Augusta, sin su segundo de esta semana en Valhalla, sin aquella victoria en el US Open de 2020 en Winged Foot. Conviene hacer el matiz, dejarlo claro, porque da la sensación de que en ocasiones se pierde el verdadero y fundamental enfoque. No, no hay carisma que se sostenga sólo en fuegos de artificio. Volvamos al principio: curiosamente los tres grandes nombres del torneo coinciden con los de los tres jugadores que llegaron al hoyo 72 con opciones de victoria. Nadie se habría acordado de DeChambeau si hubiera terminado en la posición de Brooks Koepka, por poner sobre la mesa el nombre de otro jugador que tampoco es precisamente la alegría de la huerta.

Dicho de otro modo: si hay un jugador que ha redoblado su carisma (vaya palabrejo traicionero) en este PGA, ese ha sido indiscutiblemente Xander Schauffele.

– Schauffele, por cierto, se ha convertido en el ganador número 233 de la historia de los Grandes. Es el club más exclusivo e importante, no hay duda. A partir de aquí se trata de ir escalando posiciones, porque dicho club tiene sus salones privados con acceso restringido. Por ejemplo, el número de jugadores que ha ganado dos majors se reduce sensiblemente: sólo son 87. Scottie Scheffler fue el último en entrar en ese grupo. Schauffele lo hará pronto… O quizá no, que a los Grandes los carga el diablo.

Suma y sigue la maquinaria de las barras y estrellas. El golf estadounidense encadena ya los últimos cinco Grandes, todos desde que Jon Rahm ganara el Masters de 2023. Además, suma su victoria número 285, de los 468 majors que se han disputado hasta la fecha, más de un sesenta por ciento del total. Lo de Estados Unidos, por cierto, en el PGA, roza el abuso, pues suma 88 triunfos en 106 ediciones. No nos cansaremos de decirlo: todos estos números, estas cifras apabullantes, son el verdadero motor de ese maravilloso delirio que se vive cada dos años, la Ryder Cup, David contra Goliath, la aldea gala contra el Imperio Romano.