– El hecho terrible fue que John Mills, un hombre de 69 años residente en Crestwood, una pequeña población a unos diez kilómetros al norte del Valhalla Golf Club, perdiera la vida antes del amanecer del 17 de mayo, cuando se dirigía a su puesto en el PGA Championship (trabajaba para uno de los proveedores del torneo, al parecer en la parcela de seguridad), arrollado por un vehículo, uno de tantos shuttle bus que hay en un evento de este calado.
Después, vino lo que vino, con el Número Uno del mundo envuelto en un suceso en el que, según apuntan los indicios y el sentido común, todos, agentes de policía y jugador, se enredaron en un embrollo de malentendidos y confusión. No quería hablar Scheffler de ello cuando atendió a los medios después de firmar esa tarjeta de 66 golpes, un registro de locura, seamos claros, en tales circunstancias. No quería, pero terminaba relatando toda la funesta experiencia y su exposición resultaba ser un ejemplo de sensibilidad con Mills y su familia, primero, y también de honestidad y sencillez.
Alejandro Rodríguez, enviado especial de Tengolf en Louisville, daba en el clavo en su crónica al referirse a Scheffler e ir finalmente un paso más allá: “Veremos, de todos modos, si no es mañana cuando le viene el bajón de toda la adrenalina y tensión acumulada”, escribía. La pesada digestión del suceso, de toda la cadena de sucesos, habría comenzado en realidad después de marcharse de Valhalla con su 66 en el bolsillo y no es ninguna tontería valorar que pueda ser este sábado cuando realmente lo pague…
Describía Scheffler el pasado martes esa sensación de paz y satisfacción que lo invadía: ahí estaba él, en el porche de su bonita casa dándole vueltas al hecho de haberse casado con su novia del instituto y de haber estrenado una feliz y sana paternidad, con la chaqueta verde en el armario… De repente, la misma vida, la que era templada y completa hace unos segundos, se da la vuelta y te embiste de cualquier manera como una bestia herida. Lecciones que nunca dejan de aprenderse. Y, visto lo visto, lo de menos es que pasara un rato en una celda o que hoy le vaya un poco peor en el campo de golf…
– Tiger no está para competir con los mejores en un Grande, ni probablemente en ningún otro torneo. Pero le compramos su discurso, una vez se confirmaba que había fallado el corte: no está tan lejos como pudiera parecer. Al margen de sus taras físicas, que son obvias, se trata más de cierta herrumbre competitiva. El problema es que en el deporte de alta competición, e indiscutiblemente más si hablamos de golf, un poquito de algo puede ser un muchísimo. Un detalle: ayer Tiger tira por la borda cualquier esfuerzo de pasar el corte en dos hoyos donde firma sendos triples bogeys por una razón muy sencilla: Woods hizo lo que nunca hacía Woods, que es encadenar un error a otro. De haber jugado a hacer el bogey en ambos casos, nada peor que un bogey habría salido de ninguna de las maneras, y hasta podríamos haber visto algún par, purazo mediante y si nos ponemos estupendos.
¿Volveremos a ver a Tiger ganando un torneo de golf de cierto peso, que cuente para el ranking mundial? La respuesta sigue siendo SÍ… Y de este caballo, de momento, el arriba firmante no piensa bajarse.
– El golf es un fascinante puzzle de mil piezas que uno arma y rearma, porque no vale con armarlo sólo una vez, qué le vamos a hacer. Jon Rahm sigue teniéndolas todas, las mil piezas, que ya es mucho decir. Hay quien no guarda ni setecientas, aunque todavía se las arregle para ir tirando. Lo que le está costando más es encajarlas con la naturalidad, lucidez y consistencia que acostumbraba. Seamos honestos: algo falla en todo el proceso desde que se ha ido a LIV Golf. El proceso que va desde la rutina más simple en un día anónimo de trabajo, hasta que se emboca el putt ganador delante de una multitud en un hoyo 18 cualquiera. Y es muy probable que ese algo que falla, o no termina de engranar, tenga muy poquito que ver con la parcela meramente técnica. Jon no compite con la misma soltura, con el mismo ‘ángel’ (y decimos ‘competir’ y no ‘jugar’ con toda la intención). Ni en LIV, donde sus resultados son como mínimo notables, ni en los Grandes, donde es obvio que no lo han sido.
Retomamos lo escrito más arriba: en el golf de altísima competición, un poquito de algo puede ser muchísimo. Para lo bueno y lo malo.



