Brian Harman debutó en un links durante la Palmer Cup de 2006. Lo hizo en Prestwick, el campo que este año celebra los cien años desde que acogió por última vez un Open Championship. Poco o nada se parece aquel jugador al que en 2023 se coronó campeón en Royal Liverpool y que este año, en Royal Portrush, vuelve a ser líder tras entregar la mejor tarjeta de los partidos que han sido más tempraneros.
Aquel chico estadounidense, zurdo, insistía en levantar la bola en cada golpe y se aferraba al lob wedge en cada chip. En Prestwick perdió los cuatro puntos que jugó y en ninguno de ellos pasó del hoyo 15. “Me desgasté. No entendía nada. Intentaba chipear como siempre y la bola no me hacía caso. La firmeza del terreno era tan única que no supe adaptarme”, recuerda ahora, entre risas. Perdió entre otros, frente a Alejandro Cañizares en un enfrentamiento que se resolvió por 5&3.
Todo cambió en 2014. Tras ganar el John Deere Classic, entró in extremis en el field del Open en Liverpool. Iba sin expectativas, sin presión… y se enamoró. “No podía creer lo mucho que lo disfruté. Me encantó poder pegar stingers que recorren kilómetros sobre el suelo. Fue un descubrimiento”, confiesa. Desde entonces, su relación con el golf links ha sido una historia de afinidad creciente, aunque él mismo admite que luego encadenó “cuatro Open bastante malos” en los que falló el corte. En 2021 top veinte, sexto el año siguiente y ganador en 2023.
Le encanta la creatividad que exigen los links: “Estos campos te obligan a pensar, a inventar, a usar hasta diez palos distintos desde el tee. No es como en muchos torneos, donde todo es aéreo y tienes que volar la bola al green. Aquí puedes hacerlo a tu manera, usar la cabeza, encontrar soluciones. Eso me encanta”, explica un enamorado Harman. “Amo el juego en los links. Es el golf más puro que hay. No se trata sólo de pegar un driver lo más fuerte que puedas y luego un hierro 7 lo más alto que puedas… Me siento muy cómodo. Hay que saber controlar la trayectoria y no puedes frustrarte”.
Y mientras muchos aún debaten sobre su estilo, su swing metódico o su perfil poco mediático, Harman se mantiene imperturbable. Cuando ganó el Open en 2023, buena parte del foco mediático no fue hacia su golf, sino a su afición por la caza y la pesca. Él no se escondió. Al contrario. “No entiendo por qué tantos se molestan. Es algo en lo que creo, una parte esencial de mi vida. Duermo como un bebé por las noches”, zanjó con firmeza. “Cuando juego al golf, pienso en golf. Cuando cazo, pienso en cazar. Lo tengo todo compartimentado”.
Su victoria en Hoylake le dio el estatus de campeón del Open y un respeto aún mayor entre los aficionados británicos, conocedores y devotos del golf como pocos. “Aquí todos juegan. Aman este deporte. Me encanta volver. Es lo más puro que hay”, asegura.
Y en Portrush, una vez más, ha encontrado su zona de confort. Ni el viento ni las calles estrechas parecen hacerle mella. Con una actitud tan sencilla como eficaz —“solo me preocupa el primer golpe del día y luego ir hoyo a hoyo, sin heroicidades”— se ha instalado en lo alto de la tabla con dos tarjetas de 67 golpes y con la misma paciencia de quien ya sabe lo que es levantar la Jarra de Clarete.
Cualquiera diría que aquel chaval que casi se va llorando de Prestwick ahora es, sin duda, uno de los grandes especialistas en links de esta generación.



