A nadie se le escapa que Bryson DeChambeau es un absoluto revolucionario del golf. No se puede poner en duda. Sus métodos gustarán más o menos, pero desde luego trata de ir un paso más allá, intenta aplicar la ciencia a cada elemento del golf. Lo hace porque a él le proporciona seguridad y confianza. Entiende que de este modo deja menos aspectos al azar. Por ello, se fabrica sus propios palos, tienen la misma longitud, utiliza varillas de grafito y pone a su disposición cualquier medición científica que le permita llegar a conclusiones más o menos empíricas.
DeChambeau es un jugador que al hablar del putt de birdie que tiró en el hoyo 13, y se le escapó, dice que apuntó seis pulgadas fuera del hoyo y le pegó con siete pulgadas de fuerza. Es alguien diferente. «No trato de imponer nada ni de dar lecciones. Sé que en el pasado me he equivocado con algunas cosas, pero no tengo problemas en reconocerlo. Es parte del aprendizaje. Estoy abierto a todos los jugadores que me quieran preguntar. Yo simplemente sé muy bien lo que me sirve a mí y a jugadores que tienen una velocidad de bola alta, pero no impongo nada, sé que todos los jugadores tienen sus propios equipos de trabajo que son extraordinarios y que a ellos les funcionan», señala.
En este sentido, al acabar la ronda de ayer, DeChambeau explicó la última locura que lleva a cabo respecto a su equipamiento de golf. Tiene que ver con las bolas. El norteamericano desveló que cada vez que recibe un cargamento de pelotas nuevas, antes de utilizarlas por primera vez, las sumerge en una solución de magnesio que recibe el nombre de sal de Epsom. También se le conoce como agua salada. Sin meternos en sesudos análisis científicos del que saldríamos escaldados, básicamente DeChambeau explica que realiza esta inmersión para saber si las bolas están perfectamente calibradas o tienen algún defecto. «Las marcas hacen un trabajo excepcional y la mayoría de las pelotas son muy buenas, pero cuando se trabaja en cadena puede haber errores. Simplemente, trato de limitar de esta manera el margen de error. Si vemos que una bola no está bien calibrada, se deshecha. Me da tranquilidad y elimina factores de error. No le puedo echar la culpa a la bola, falla otra cosa. Suficientemente duro es para mí pegar recto a la bola como para que ésta no sea perfecta. Me lo aseguro de esta manera», explica.
Estimado aficionado al golf que está leyendo esta historia, gracias primero por su fidelidad, y segundo: no descarten ver la próxima semana al ‘pirao’ de su club con cubos de sal de Epsom en el garaje. En fin, como dice DeChambeau, a él le funciona, lo que no significa que sea para todos los gustos.
Por otro lado, reconoció que tiene algunas molestias en la cadera, pero no le dio ninguna importancia. «Hace tiempo que lidio con ello y sé de dónde vienen. He trabajado dos semanas de manera muy dura después del PGA Championship y también he estado de obras en mi casa. No he descansado y esta es una molestia recurrente cuando me excedo en los entrenamientos. No me preocupa porque tengo aquí a mi fisio Ryan Overturf y él se va a encargar de solucionarlo como hace siempre».
Por cierto, muy mala no debe estar porque ayer mismo, una hora después de acabar su ronda aún seguía dando bolas en la cancha de prácticas con el ordenador para marcharse a casa con buenas sensaciones. Esta vez, al menos, no dejó que se le hiciera de noche.


