Sesión matutina de viernes. El momento más esperado de una Solheim Cup o de una Ryder Cup. El momento del arranque. El tee del hoyo 1. Los nervios a flor de piel, la grada entregada. La ilusión de jugar en casa, la presión de la afición en contra. Esta mañana de viernes todo eso ha quedado reducido a cenizas.
Un tercio de las gradas del primer hoyo de Robert Trent Jones Golf Club, vacías. Una imagen desoladora, la verdad. Además, muchos de los aficionados más madrugadores eran europeos. Por momentos ha dado la sensación de que el torneo se jugaba en suelo continental. Los asistentes nos mirábamos atónitos sin entender muy bien qué estaba sucediendo. Poco a poco se ha ido aclarando la situación. El aparcamiento donde se encontraba la lanzadera vivía un auténtico caos.
Según iban llegando los aficionados, he podido ir preguntando por sus sensaciones. «Eramos miles de personas haciendo cola y nos decían que había siete autobuses subiendo y bajando para un recorrido de unos diez minutos. Es absurdo. Sabían el número de personas que nos íbamos a congregar y las colas han sido eternas», contaba George nada más entrar al torneo. Eran las 10:30 de la mañana y había aparcado casi tres horas antes.
Viendo lo sucedido tampoco han sorprendido las palabras de Jeff: «Llevo veinte años yendo a torneos en el Tour y nunca me había pasado esto. Voy a Phoenix cada año, que recibe cientos de miles de personas, y jamás había tenido una experiencia como ésta. No he llegado al tee. Estaba en el parking a las 6:00 y he entrado a las 8:30. Surrealista»
Jessica y sus tres amigas tampoco se lo podían creer. En su caso no pretendían madrugar tanto, pero han terminado accediendo al recinto a las once cuando estaban en la parada del autobús a las ocho de la mañana: «Lo que más pena nos ha dado han sido los cientos de personas que se han dado la vuelta porque no estaba claro si el problema se iba a solucionar», ha confesado el cuarteto que se ha perdido casi toda la sesión de foursome.
La realidad es que esto tampoco ha pillado a la prensa del todo desprevenida. En el hotel en el que nos alojamos algunos periodistas tan sólo sale un minibús de diez plazas a la hora. Esta mañana el primero partía a las 6 y el tee era a las 7.05. El jueves fuimos varios los que expresamos el temor de que no cupiéramos y no se llegase a tiempo. El hotel se encuentra a unos 30 minutos. Finalmente, parece que han fletado algún vehículo más.
Eso sí, parece que la organización se ha puesto manos a la obra y el problema se ha resuelto. Han pedido disculpas, aunque tampoco han dado mucha explicación. Una vez que el público ha logrado acceder el tee de salida del turno vespertino ha sido todo lo esperado en la mañana. Al César lo que es del César, el ambiente durante toda la tarde ha sido increíble. Muchísima gente, show eléctrico y divertido. Por poner una pega, la música sonaba tan alto que no había espacio a los cánticos de la grada.
Según avanzaba la jornada ha dado tiempo de hablar con la gente en momentos más distendidos y con la pesadilla ya resuelta, aunque algunos ya traían de casa algún que otro resquemor en la mente. «Llevo un año entero viendo en mi cabeza el golpe de Carlota en el hoyo 17. Fue espectacular, pero la realidad es que todavía me duele. Yo estaba ahí en Finca Cortesín y no ha habido día que no me haya acordado de ese momento. Hemos tenido suerte que en esta ocasión solo ha pasado un año desde la anterior Solheim». Son las palabras de Christine, una neoyorquina de 65 años que hace doce meses viajó a Málaga para vivir la Solheim y se volvió con el sabor amargo del resultado final. Lo contaba divertida y con una sana rivalidad de una persona que disfruta mucho el golf, pero también con la certeza de que quiere revancha y la quiere ya.
«En 1871 echamos a los europeos de Virginia (a los ingleses, en concreto) y haremos lo mismo esta semana». Suena a declaración de guerra, pero lo dice, medio en broma, medio en serio, un aficionado norteamericano, local de Gainesville y vestido literalmente de George Washington. El comandante lideró en aquella ocasión al ejercito norteamericano contra los ingleses y la ciudad se quedó solo con los propios. Su mujer, vestida de la Estatua de la Libertad señala que ha llegado el momento de cortar la racha: «Hasta aquí, ha llegado la hora de que el equipo norteamericano vuelva a ganar». Una pareja total.
Capítulo aparte, se podría abrir una sección de ‘Españoles por la Solheim’. No han sido pocos los que han decidido viajar a la cita de Virginia. Especialmente emotivo el caso de una familia que ha viajado al completo desde Madrid para vivir su primera Solheim en suelo americano: papá, mamá y dos hijas que apenas llegan a los siete años y que han disfrutado de lo lindo 18 hoyos con Carlota Ciganda. No olvidarán nunca esta jornada.
Otro grupo ruidoso ha sido el de cinco amigas de Bilbao que han viajado para disfrutar del golf mientras visitan a una amiga. No han parado de animar a la navarra y aunque no haya sumado su primer punto seguro que se ha sentido muy arropada. El cántico con su nombre no ha dejado de corearse por todo Robert Trent Jones Golf Club. Carlota es muy querida en ambos bandos.



