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El inglés ofrece una lección de cóctel perfecto de señorío, deportividad y fiereza competitiva

Lo mejor de Justin Rose en Augusta fue lo que no se vio

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Justin Rose se abraza con Rory McIlroy tras el desempate en el Masters de Augusta.
Justin Rose se abraza con Rory McIlroy tras el desempate en el Masters de Augusta.

Cuando Justin Rose disputó el primer Grande de su carrera, Rory McIlroy tenía nueve años. Fue en 1998. El inglés jugó el Open Championship como amateur y acabó en la cuarta posición. El mundo lo descubrió. No hizo falta mucho más para colgarle rápidamente la etiqueta del nuevo Nick Faldo. Hay que ver lo que nos gusta una etiqueta.

Por aquel entonces, Rory ya iba dejando a la gente con la boca abierta. Aún no era hándicap 0, pero ya hacía diabluras en su Holywood Golf Club, había ganado el Campeonato del Mundo para menores de diez años en Doral y fue invitado a un programa de máxima audiencia en Estados Unidos donde deleitó a los espectadores embocando bolas de golf en una lavadora.

Casi 27 años después, Rose ha sido testigo de excepción del mayor éxito de un golfista profesional en el siglo XXI. La ascensión a los altares de McIlroy con su victoria en el Masters de Augusta y su acceso al selecto grupo de campeones del Grand Slam. Lógicamente, Rory acaparó ayer los titulares y las historias, pero toca hablar de Rose, de lo que hizo, cómo lo hizo y de su comportamiento. Fue un mezcla perfecta de señorío, deportividad y fiereza competitiva.

Hay que aprender mucho de Rose. Primero porque va dando lecciones sin pretenderlo. Y esas son las lecciones más valiosas. Su actuación ayer en el Augusta National fue primorosa. Firmó una tarjeta de 66 golpes, logró diez birdies, metió un putt bajo máxima presión en el 18 para forzar hasta el límite a su buen amigo McIlroy y compitió con clase y la cabeza bien alta en el desempate. Simplemente, Rory fue mejor.

Todo eso fue espectacular, pero lo mejor de todo fue lo que no se vio. Por ejemplo, subiendo por la calle del 18 en el hoyo 72. Zach Johnson, ganador del Masters en 2007, estaba jugando con él y comenzó a andar más lento. Se estaba retrasando para dejarle todo los honores al inglés. No en vano, era el que se estaba jugando el torneo y merecía la gran ovación del público. Rose se percató enseguida del gesto de Johnson, capitán por cierto de Estados Unidos en la Ryder Cup de Italia donde el inglés fue un pilar de Europa. Se giró y le dijo: “No, tú eres campeón aquí, vamos juntos”. Señorío.

Poco después, Johnson, otro señor de los pies a la cabeza, le propuso acabar su putt de un metro para par y así darle más tiempo a Rose para estudiar su putt de birdie que, en ese momento, igual valía una chaqueta verde. «No era el putt para ganar el torneo, pero Zach sintió que si lo embocaba, los aficionados se iban a emocionar bastante. Como jugador, también quieres evitar quedarte con un putt corto de dos, tres o cuatro pies con la multitud aún moviéndose y murmurando. Muchas veces, es cuestión de respeto mutuo. Le dices al otro que termine porque sabes lo que puede pasar si metes el tuyo. Le dije: “Sí, adelante, por favor”. Y aproveché para darle otra mirada desde detrás del hoyo, porque ese putt del 18 ya lo había tenido contra Sergio y se me fue por el borde alto derecho. Es el putt que practicas siempre, pero cuando lo tienes delante dudas de cuánto va a romper. Fue un gran día con Zach», explicó. Dos caballeros.

No se engañen por su aspecto o sus buenas maneras al hablar. Rose es un competidor fiero. Que le pregunten a Mickelson en la Ryder Cup de Medinah. O a todo el equipo norteamericano en Italia. Por eso, ayer no estaba contento cuando perdió en el desempate, pero no hizo ningún drama y, sobre todo, no lo pagó con el empedrado. Simplemente lo aceptó como una parte más del juego. «Sí, duele, claro que duele. ¿Qué vas a hacer? Me fue muy bien en mi carrera después de quedar segundo ante Sergio aquí. Jugué el mejor golf de mi vida y llegué al Número Uno del mundo. ¿A qué decides darle más importancia? No tiene sentido estar demasiado abatido. Hay que mirar todo lo bueno que me llevó a esta situación. La desilusión forma parte de la carrera de un deportista. Si quieres ganar los grandes torneos, tienes que ponerte en esa línea. Tienes que arriesgarte a sentir esto para poder tener lo contrario. Al final, todo se compensa», asegura. Una lección de vida.

La rabia por quedar segundo existe, pero no le impide ver la foto general. Por eso, 27 años después de debutar en un Grande, Rose es capaz de sentirse un privilegiado por asistir de primera mano a un momento histórico. No se le caen los anillos, ni le duelen prendas. «Vimos historia hoy. Alguien completó el Grand Slam. Es un día trascendental para el golf. Es lógico que los aficionados estén emocionados. Es un jugador cautivador, juega con estilo, carisma, energía… y nunca se sabe, porque ha cometido errores bajo presión. La gente quiere seguir viéndolo», apunta. Por supuesto, tuvo unas palabras para él cuando se abrazaron en el green del 18: «es amigo, sin duda. Caminamos al tee y nos dimos la mano, es parte del negocio. Cuando todo terminó, le dije: “Me alegra haber estado en este green para verte ganar el Grand Slam”. Es un momento monumental en el golf. Eso fue todo. Él estaba claramente muy emocionado, probablemente no pudo asimilar mucho en ese momento. Pero sí, fue un gran día para el golf». Un auténtico lord británico.

Pero el fuego sigue corriendo por las venas de Rose. No es un jugador en retirada, ni mucho menos. Tiene 44 años, pero ha terminado segundo en los dos últimos Grandes que se han disputado y entre los seis primeros en tres de los últimos cuatro. Ahí hay algo. Compite muy bien. De hecho, ha jugado 82 Grandes en toda su carrera y tiene casi los mismos top 10 (23) que cortes fallados (25). Cuando está, está. Por eso, conviene escucharlo cuando dice que lo siguiente: «ha sido una semana increíble desde el primer día. El campo ha estado en unas condiciones preciosas. El clima ha sido espectacular. Ha sido el Masters más bonito desde ese punto de vista en mucho tiempo. Ha sido tal como uno lo soñaría. Y bueno, parte del golf que he jugado esta semana ha sido probablemente el mejor de mi carrera, de tee a green, e incluso en los greenes por momentos. El único lunar fueron los nueve segundos de ayer, donde dejé escapar demasiadas oportunidades fácilmente. Pero me desperté por la mañana simplemente agradecido de estar en un domingo en Augusta. Es un día especial en el mundo del golf, sin importar la situación, y realmente quería dar lo mejor de mí».

Rose se dejó llevar por la magia de Augusta, decidió guiarse el domingo por el público y se sintió un privilegiado por tener la oportunidad de vivir momentos así. «No miré el leaderboard en todo el día hasta el green del 18. Le pregunté a Fooch (su caddie) cómo iba y me dijo que uno por detrás. Ya sentía que pasaba algo así por la reacción del público en el 17, que estaba metido en la pelea, y en el 18, cuando escuché el rugido de la gente, entendí que Rory había hecho algo especial en el 15. Tenía que meter ese putt para mantener la esperanza. Es el tipo de putt con el que sueñas de niño y tenerlo y embocarlo fue algo especial. Lamentablemente, los desempates siempre terminan tan rápido… ya sabes, es muerte súbita. Si no eres el que pega el gran golpe o emboca el gran putt, se acaba. Sinceramente, hoy no pude hacer mucho más», remata.

Ponga un Justin Rose en su vida. Al inglés se le está poniendo cara de José María Olazábal. Cuando habla, hay que escucharlo. Y va camino de ser leyenda en la Ryder Cup. Apunten su nombre para capitán. Seguro. Y no hay que descartar que lo sea en más de una edición.

1 COMENTARIO

  1. Gran artículo!!
    Lo único que «empaña», bien entendido, la victoria de Sergio en 2017 y la de Rory ahora es que fueron en el desempate contra Rose.

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