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Le llevó la contraria a su caddie en el 7 y admitió momentos puntuales de buena suerte

Lo que pensó McIlroy en cada uno de los momentos críticos de la vuelta

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McIlroy se abraza emocionado a su amigo y caddie Harry Diamond tras ganar el Masters.
McIlroy se abraza emocionado a su amigo y caddie Harry Diamond tras ganar el Masters.

Es imposible elegir un único momento clave en la ronda final del Masters de Augusta. Pasaron demasiadas cosas como para reducirlo todo a un único instante. Hubo varios golpes majestuosos y también algunos errores inexplicables. Fue una montaña rusa. Fue Rorylandia.

Lo mejor es dejar al propio Rory McIlroy que se explique, que desgrane cada uno de esos chispazos. Qué pasaba por su cabeza, cuál era el planteamiento, cómo logró reponerse de cada uno de los estacazos que fue recibiendo.

Rory no duda de cuál fue el mejor golpe del domingo. Ni pestañea. El segundo tiro del hoyo 7. Por encima de los árboles, por un hueco minúsculo. Al corazón del green. Aquí le llevó la contraria a Harry Diamond, su caddie. «El hoyo 7 me ha dado problemas desde el tee toda la semana, igual que el 14 y el 17. Me costaba ver la línea del golpe. Cuando llegué a la bola a la izquierda sabía dónde estaba la bandera. Sabía que el búnker frontal no era malo. Podía haber jugado ahí, por bajo, pero vi un hueco y pensé: “Puedo meterla en green y, si cae en la hondonada, puede acabar cerca del hoyo”. Fue un golpe muy parecido al que hice el sábado desde los árboles del lado derecho: abrí el palo y le pegué tan fuerte como pude con un hierro 9. Harry me dijo que no lo intentara… y yo: “No, puedo hacerlo”. Poder lograrlo fue genial, aunque no metí el putt. La verdad es que siempre que me metí en los árboles, encontré un hueco. He tenido suerte toda la semana. Y sinceramente, con todo lo que he pasado en estos años… creo que me lo merecía». (Risas).

Ese golpe es a su juicio el mejor, pero hay otro que está muy cerca. Hay que irse al hoyo 3, un momento que probablemente pasó más desapercibido en la visión global de la jornada. «El segundo en el hoyo 3 fue muy importante. Empecé con 6 y 5 y después pegué un buen drive en el 3. Ese segundo golpe es complicado: hay que hacerla botar cuesta arriba. Calcularlo bien y hacer birdie, cuando Bryson hizo bogey, y luego hacer otro birdie en el 4, fue un gran momento aunque fuese temprano en la ronda», explica.

Por supuesto, no puede pasar desapercibido el golpe espectacular que pega en el hoyo 15, justo después de hacer doble bogey en el 13 y bogey en el 14. «En el 15 tuve ventaja. Bryson pegó primero y cayó al agua. El viento aumentó, así que cambié de hierro 8 a hierro 7. Sabía que con ese palo cubría bien. Si cerraba como quería, perfecto; si no, la bola acabaría en el búnker derecho, que no es fácil, pero sí un fallo aceptable. Ese fue el planteamiento», señala.

Es imposible no hablar del segundo golpe del desempate. Esta vez sí, el definitivo para ganar el Masters y vestirse con la chaqueta verde. «Tenía dos yardas menos en el desempate que en el hoyo 72. Además, era una posición un poco más plana, así que sabía que tenía un tres cuartos de gap wedge perfecto; iba a aterrizar en la pendiente y regresar. Era un buen número. Sólo necesitaba hacer un swing bueno y decidido, y lo hice en el momento justo».

También se refirió a la breve charla con Harry cuando iban camino del desempate nada más cometer el bogey del 18. Otro momento crucial. «Cuando íbamos hacia el buggy para volver al tee del 18, Harry me dijo: “Amigo, habríamos firmado esto el lunes por la mañana”. Y le dije: “Sí, claro que sí”. Fue una forma fácil de resetearme. Me dijo que al principio de la semana hubiera dado lo que fuera por estar en un desempate, así que eso me ayudó a cambiar el enfoque. Me dije: “Haz el mismo swing que hiciste en el 72”. Y pegué un gran drive. Y el resto es historia».

Precisamente, McIlroy se emocionó al hablar de su caddie. «Conozco a Harry desde los siete años. Lo conocí en el putting green del Holywood Golf Club. Hemos vivido tantos buenos momentos. Ha sido como un hermano mayor para mí toda la vida (emocionado). Compartir esto con él, después de estar tantas veces cerca, de toda la crítica injusta que ha recibido de gente que no entiende el juego… Esta victoria es tanto suya como mía. Es una parte fundamental de lo que hago. No puedo pensar en nadie mejor con quien compartir esto».

Claro que también hubo momentos complicados. De largo, el más duro fue el doble bogey del hoyo 13. Quizá el momento más inexplicable de todos los malos que vivió ayer McIlroy. «Creo que jugué el hoyo 13 de forma inteligente, al menos los dos primeros golpes: madera 3 desde el tee, luego lay-up a una buena posición. Tenía 75 metros a bandera. Estaba en una pequeña subida. Normalmente cuando pego desde subida con wedge, la bola se me va un poco a la izquierda. Me protegí con un par de metros de margen a la derecha. No estaba apuntando al arroyo, pero salió débil y un poco a la derecha, y eso fue todo… hacer doble bogey en un hoyo que es una clara oportunidad de birdie. Y viendo lo que hacían Rosey y Ludvig en ese momento…».

Para recuperarse de ese mazazo le ayudó mucho pensar que aún le quedaba otro par 5 y la mente se le fue también al hoyo 16. «Aún tenía el hoyo 15 por delante. El bogey del 14 no ayudó, pero tras el drive en el 15 sentí que todavía estaba en la pelea. Tenía en mente el hoyo 16 porque tenía una bandera inusual para un domingo, probablemente por el 50 aniversario del hoyazo de Jack Nicklaus en el 75. Es una ubicación muy difícil. Pero los hierros que pegué al final, en el 15, 16, 17… y aunque no en el 72, sí en el desempate, fueron muy buenos. Mi juego de hierros esta semana fue muy bueno y eso se vio en los hoyos finales».

McIlroy reconoció también el momento de suerte en el hoyo 11. No se esconde. He tenido suerte toda la semana. Como dije con el 7. Y sí, cuando Bryson cayó al agua en el 11, yo miré mi bola y pensé: “¿Debería correr y golpearla antes de que ruede al agua?” Pero estaba en un pequeño llano. Tuve suerte».

Rory desveló que afrontó la última parte de su ronda en grupos de tres hoyos. Esa fue su curiosa estrategia. «Cuando hice birdie en el 10 y bogey en el 11 —que estuvo bien—, hice un buen par en el 12, pegando donde debía. Caminando al tee del 13, pensé: “Puedo hacer 4, 4, 4 en los tres próximos hoyos”. Eso era lo que pensaba. No salió así, pero intenté dividir la vuelta en bloques de tres hoyos. Sentí que jugué bien el 10, 11, 12. Luego intenté hacer lo mismo con el 13, 14, 15. No funcionó. Jugué bien el 16 y el 17. El 18 no lo jugué mal, de hecho tuve la oportunidad de ganar en regulación», señala.

Como pueden ver, McIlroy se ha ganado con sangre, sudor y lágrimas su chaqueta verde de la talla 34. Ayer, nada más acabar, sólo pensaba en celebrarlo con sus padres. «Viajó a Florida este lunes y probablemente vaya a Irlanda del Norte la próxima semana a ver a mis padres. Están allí. Es el mejor día de mi vida como golfista. Estoy muy orgulloso. Orgulloso de no rendirme, de seguir volviendo, de levantarme después de cada caída, de no dejarme vencer por la decepción. Volvemos al optimismo eterno. Sí, muy orgulloso». Remata.