
– No va a ocurrir, pero por si acaso: el tiempo, la era o el día en que los Grandes comiencen siquiera a plantearse la posibilidad de eliminar el corte de sus torneos probablemente coincidirá con el tiempo, la era o el día en que un imbécil entienda que ha llegado la hora de cubrir los campos de golf con mega estructuras, al menos en los grandes eventos, no vaya a ser que alguien eche de menos el aire acondicionado.
(Decíamos: no va a ocurrir… ¿Pero de verdad no va ocurrir? Nos ponemos en manos de Nuestra Señora de la USGA, patrona de las causas recias, y rezamos a San Royal & Ancient, guardián de las costumbres, para que esta línea no se cruce).
Del mismo modo que el hecho de eliminar los desempates maratonianos en los majors no fue una conquista de la Civilización, sino una capitulación muy civilizada, que no es lo mismo. Como los tie-breaks. Como las tandas de penaltis.
Ayer, todo un Número Uno del mundo tuvo que esperar unas cuantas horas para certificar que sería de la partida el sábado. Ayer, Brooks Koepka todavía tuvo que embocar un putt de tres pies y seis pulgadas (106 centímetros) para salvar un bogey en el hoyo 9, el último de su vuelta, y pasar el corte. ¿Se les ocurre algo más puro? La belleza deportiva puede ser cruda y desde luego también discurre a ras de suelo.
– Todavía existe un club ciertamente popular, el de quienes están convencidos de que Tiger Woods todavía guarda una penúltima carga en un Grande. Contrariamente a lo que pueda parecer, el coraje que ha mostrado en Pinehurst reafirma los estatutos de dicho club. Todo son ventajas: no hay cuotas de permanencia, es gratis, y la vida se hace más llevadera mientras se considere que Tiger volverá a salir un domingo con opciones de victoria. Después, eso sí, para sentarse en la mesa de los rectores del club, además hace falta probar el convencimiento de que Tiger sumará el Decimosexto, de que esa penúltima carga lo llevará al triunfo. Pero no es obligatorio aspirar a la rectoría para ingresar, basta con pasarlo bien en el grueso de la tropa.
– Hablando de Grandes y de aspirar a ganar uno cuando ya no se te espera: después de la segunda jornada de este US Open queda abierta la inscripción al club de los que consideren que a Sergio García le quedan todavía unos cuantos cartuchos en la recámara. No es sólo el juego, que también, es la lectura que hace él de su momento actual.
Permitan una asociación de ideas un poco estúpida: ayer, su hierro 8 en el hoyo 9, empalado “a todo lo que daba”, según decía el jugador, hizo de vuelo, metro arriba o abajo, la misma distancia (unos 174 metros) que en el 15 del Augusta National aquel domingo glorioso, hace más de siete años, 9 de abril de 2017, cuando casi revienta la cazoleta y se procuraba la opción de un eagle, a la postre decisivo…
Lo de ayer, en el 9, apenas tuvo trascendencia, pues ni siquiera pudo embocar el putt de birdie. Pero unos minutos después, después de firmar la tarjeta y contrariamente a lo que ha sido su costumbre, se acordaba de lo bien que le había pegado a la bola con el hierro 8 en las manos y no tanto del putt fallido. Por ahí es por donde, de repente, se nos aparece de nuevo la imagen de un Sergio ganador de Grande.
Cuando algunos ya lo dábamos por amortizado en las grandes citas y disfrutando de un merecidísimo retiro activo y millonario en LIV Golf, el Niño se da la vuelta y nos guiña un ojo: “os lo dije”. Muy propio de Sergio. Será esta semana, o puede que no. Pero será. Quizá lo visualicemos más en el Augusta National. O puede que en un links británico: cuenta la leyenda que la Jarra de Clarete suspira de cuando en cuando por no ver el nombre del chico de Borriol escrito en su peana…


