La primera vez que vi a Tiger Woods en directo fue hace algo más de diez años. Concretamente, en la Ryder Cup de 2004. Veníamos de jugar la Junior Ryder Cup en Ohio, con Belén Mozo, y después fuimos a Oakland Hills, Michigan, para ver a los mayores. A mí Tiger me encantaba y verlo en directo era sin duda uno de los grandes alicientes de ese viaje.
Cuando entramos en el campo lo primero que hicimos fue buscarlo. Lo había visto miles de veces por televisión y tenía muchas ganas de ver cómo era. Estaba en el putting green. Recuerdo perfectamente que la primera impresión fue de sorpresa. Me quedé loca con el cuerpo que tenía. No me lo esperaba. Era muy fuerte, muy trabajado. Espaldas anchas y fuertes, piernas… Lo que yo estaba viendo allí era un atleta con mayúsculas.
Tiger ha supuesto muchísimo para el golf y es justo reconocerlo ahora que cumple 40 años. Creo que todos coincidimos en que si el golf está donde está ahora es por él. Todo el mundo adora a Tiger en cuanto a golf se refiere. Es una locura todo lo que ha hecho. Cuando estuvo ahí ganando, que parecía que iba a estar siempre, era increíble verlo jugar. A mí me encantaba. Mi recuerdo de Tiger siempre irá asociado a los domingos, un polo rojo y un putt clave embocado. Sabías que lo iba a meter y lo metía. Su estadística de victorias saliendo primero en la última vuelta es simplemente una locura. Es un ejemplo de cómo hay que competir bajo presión.
Todo lo que pasó después y salió a la luz sobre su familia pertenece a la esfera personal y particular de Tiger. Como golfista, con todo lo que ha hecho por el golf, hay que darle gracias.



