Ahora que Tiger Woods cumple 40 años y he tenido la suerte de vivir in situ siete de sus catorce majors, la mitad, puedo decir que tuve la enorme fortuna de vivir su eclosión en 1997, cuando ganó su primera chaqueta verde en el Masters. No obstante, sin duda me llamó aún más la atención que ocurrió al año siguiente, siendo campeón defensor.
Butch Harmon, que entonces lo entrenaba y que ha sido gran artífice de sus éxitos, le recomendó que jugara nueve hoyos de prácticas en Augusta con Olazábal y Ballesteros para que viera el juego alrededor de green de los dos maestros españoles. Insisto: no era un Tiger cualquiera, ni recién llegado. Aún era joven, sí, pero venía de ganar el Masters el año anterior. Esta anécdota es sólo una muestra del gran respeto que siempre ha sentido Tiger hacia Seve y Olazábal. Es más, recientemente, en una entrevista con Time, el propio Woods recordaba la magia de Seve con el juego corto y lo que era capaz de hacer con un wedge en la mano y una bola alrededor del green.
Hay otras dos memorias muy presentes en mi cabeza. Primero, la exhibición en el US Open en Pebble Beach en el año 2000. Aquella en la que todos cayeron rendidos a sus pies. Aún recuerdo a Ernie Els en la sala de prensa del campo de California. Le pidieron su opinión por el dominio de Woods y soltó un: «give me a break, please» (por favor, dadme un respiro porque lo del dominio de Tiger es brutal). Otro recuerdo imborrable fue ese mismo año en St Andrews, apenas un mes después. Allí fue donde hizo historia. Cerró el círculo de los ‘majors’ conquistando su primera Jarra de Plata en la Catedral.
No sé si lo consideraría el mejor de todos los tiempos, porque Jack Nicklaus tiene 18 grandes y un montón de segundos puestos, sin ir más lejos siete en el British, pero sí es cierto que la irrupción de Tiger transformó este deporte, la preparación física, mental, técnica, incluso la industria alrededor de un gran campeón. No es que me duela o entristezca verlo así, porque ha sido maravilloso disfrutarlo.
Fue el propio Nicklaus quien dijo que si las lesiones respetaban a Tiger batiría sus récords. Sólo lo juzgo por su faceta deportiva. Puede que en su carrera hayan podido incidir sus ‘affaires’ extramatrimoniales, no lo sé, la realidad es que ha sido un Número Uno excepcional, como creo que no habrá otro. Es imposible saber qué habría ocurrido si Nicklaus y Tiger hubieran compartido época, quién sabe, pero no me negarán que sólo con imaginarlo se le hace a uno la boca agua. Mis últimas imágenes de Tiger en directo son en Augusta, a finales de la primera década del año 2000, cuando él quería y no podía y ya no era tan infalible.
Tuvimos la gran suerte de poder disfrutarlo en España, durante una jornada de entrenamiento previa a la Ryder en Valderrama. También lo vimos en el AMEX de Valderrama y eso es una suerte alucinante, igual que en su día Michael Jordan participó en los Juegos de Barcelona. No he tenido la oportunidad de hablar nunca mano a mano con él, pero sí guardo como oro en paño, por ejemplo, los cuatro libros conmemorativos de los Masters de Augusta que ganó firmados por él. Tengo su firma porque Olazábal me hacía el favor y se lo pedía durante la cena de campeones. Un lujo.
Nunca estuve cara a cara con él, pero cuando lo veías llegar a un tee es cierto que desprendía un aura especial que no se recordaba desde la época de Seve. Genio, mito, leyenda, artista y lo que te rondaré morena. Y lo de ahora, McIlroy, Spieth y Day, es ya otra historia.



