Les pido humildemente que relean el título de este diario. Gracias. Una vez más, por favor. Muchas gracias. Disculpen mi empeño estúpido, pero verán que tiene sentido. Uno puede tener la tentación de ver ‘Nueve horas cuarenta en autobús’ y por un pequeño descuido, un despiste, una mosca, un tío que pasa en el metro, una tía que sale del bar de enfrente, un whatssapp que esperaba, un whatssapp que no esperaba, o la llamada de su madre para poner la mesa, no darle la suficiente importancia que tiene. No al título, por supuesto, sino al hecho. ¿Se imaginan pasar nueve horas y media dentro de un autobús?
Por un momento, piensen en ese viaje transoceánico en avión que tanta pereza les dio. Sí, ese mismo en el que fueron a Nueva York, o el de Miami, o incluso el de la República Dominicana. Seguro que se lo pasaron bien, pero también pongo la mano en el fuego porque acabaron de avión hasta la punta del pelo. Pues bien, ahora piensen en un viaje en autobús aún más largo. Que sí, que hay paradas para repostar, sólo faltaba, para comer, para estirar las piernas, para cambiar de conductor y todo lo que ustedes quieran. Pero nueve horas cuarenta.
Pues eso mismo, nueve horas cuarenta en autobús es lo que se metió entre pecho y espalda Íñigo Urquizu, caddie de Renato Paratore y hermano de Javi, caddie de Carlota, para ver la jornada final de la Solheim Cup. Se sacó el primer billete que vio nada más fallar el corte en el BMW Italian Open. Y la próxima semana, otro torneo. Nueve horas cuarenta. Y a usted, ¿cuánto le gusta el golf?



