Ay, USGA, la niña mala. Pero no hay trampa ni engaño: lleva apretando las tuercas desde hace más de un siglo. No digamos que así ocurrió ya en 1895, año de la primera edición del US Open, pero en cuanto la USGA tuvo suficiente ‘uso de razón’ y capacidad de maniobra, este torneo ya fue para los profesionales pioneros, allá en los comienzos del XX, la prueba más dura del calendario.
Desde muy pronto hubo un claro afán de llevar al límite la resistencia de los jugadores sin que necesariamente ayudasen a ello las condiciones meteorológicas. Es lo que hay y, dado que ocurre sólo una vez al año, a muchos nos encanta. Otra cosa sería apelar a la tragedia cada semana.
En cuanto a Chambers Bay… Está cumpliendo con nota alta. Está a la altura de las expectativas. No olvidemos algo: al más alto nivel, los campos también se hacen mejores desde el conocimiento que de ellos tienen los profesionales. Un ejemplo, salvando las distancias y los perfiles tan distintos: en el Augusta National los jugadores ya saben a dónde tienen que ir y por donde no pueden fallar según la posición de cada bandera. El legado de los mayores está ahí y se afina año a año. Lo de menos es si es justo o injusto que un buen tiro que pica a dos palmos de la bandera termine a ocho metros y hasta fuera del green… Es como es y no se discute. La hoja de ruta se conoce al dedillo y si uno no la sigue ya sabe lo que le espera. El campo está por encima del jugador, se lo ha ganado por tradición y leyenda. En el recorrido de Tacoma, por contra, todavía se andan descubriendo sendas que lleven del mejor modo al hoyo en unos greenes que no se aprenden al detalle ni siquiera en cincuenta rondas de golf disputadas.
La parábola del brócoli y la coliflor no deja de ser anecdótica. Los greenes están aún menos finos de lo que debieran porque los meses de mayo y junio de 2015 han sido los más secos en la zona desde que existen datos fiables de pluviometría. Al fin y al cabo, además, ha habido brócoli y coliflor para todos…



