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Crónica de la victoria de Rory McIlroy en el Wells Fargo Championship

Rory McIlroy despierta (y se centra) al calor del público

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Rory McIlroy posa con el trofeo de ganador del Wells Fargo Championship. © PGA Tour
Rory McIlroy posa con el trofeo de ganador del Wells Fargo Championship. © PGA Tour

Rory McIlroy (-10) ha vuelto a ganar. Lo ha hecho en el Wells Fargo, en uno de sus campos fetiches, Quail Hollow (tercer triunfo en este escenario del norirlandés) y más de quinientos días después de su anterior victoria, la que obtenía a principios de noviembre de 2019 en el WGC HSBC. Rory está de vuelta, se supone que para volver a luchar por los grandes objetivos, que es para lo que fue ‘concebido’: Grandes, Número Uno del mundo y, ya que estamos, hasta la Ryder, porque el equipo europeo quizá necesite más que nunca su presencia salvífica.

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Era cuestión de tiempo, decíamos. Y lo era, como ha quedado demostrado, pero iban pasando los días, las semanas, los torneos y los meses y el bache del de Holywood no terminaba de reasfaltarse. No es que en este tiempo hubieran desaparecido las buenas rondas, ni siquiera los buenos resultados (8º en el US Open 2020, 5º en el Masters 2020, 3º en Abu Dhabi, 6º en el WGC Workday at The Concessión…), pero antes o después Rory entraba en cada torneo en extrañas fases de abulia, en una dimensión algo así como perezosa o distraída (errores en el control de la distancia o de estrategia, innumerables putts cortos errados…) y era incapaz de rematar las buenas semanas de juego.

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Seamos claros: si a alguien le ha afectado especialmente la pandemia, ese ha sido Rory McIlroy. Después de ganar el citado HSBC a finales de 2019, arrancaba el 2020 como un tiro, encadenando hasta cuatro top 5 seguidos (Farmers, Genesis, WGC México y Arnold Palmer) que lo llevaban derecho al Número Uno del mundo, y ahí arriba, con el cetro mundial recién reconquistado, le cogía el gran confinamiento de la primavera de 2020. Después, con el regreso de la competición tres meses después, ya nada volvió a ser lo mismo para él.

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Ya es curioso que Rory haya vuelto a ganar en el primer torneo donde de verdad se ha visto público en el campo ‘a la vieja usanza’: filas y filas de aficionados dibujando el contorno de las calles y los greenes. Es como si el ruido y el ambiente de competición ‘real’ le ayudara a meterse en su burbuja, y sin embargo en los campos vacíos se despistara con el vuelo de una mosca…

Así ha jugado hoy y, en realidad, toda la semana en Quail Hollow. Muy centrado. No puede decirse que en esta última ronda haya hecho nada sobrenatural, aunque el hecho de jugar por debajo del par en este campo a veces lo parezca. Si hubiera que escoger una clave quizá hubiera que decantarse por lo bien que ha movido el putter. Suave, con temple y mucha intención, sin sobresaltos ni bolas mal tocadas. Hasta tres pares salvaba desde distancias delicadas que iban de los dos a los tres metros (hoyos 6, 11 y 13) y además enchufaba un buen purito de birdie desde unos siete metros (hoyo 7).

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Durante la larga espera, entre triunfo y triunfo, Rory cambiaba de entrenador (ahora está con Pete Cowen) y trataba de no escuchar las voces bisbiseantes que le animaban también a un cambio de caddie… Y ha querido el destino que su buen amigo Harry Diamond, a los mandos de la bolsa desde el verano de 2017, haya tenido su cuota de protagonismo justo en el desenlace del torneo. En el hoyo 18 Rory fallaba por la izquierda y su bola se quedaba muy cerca del riachuelo que discurre por todo ese flanco, muy mal colocada. Sacarla a calle no era nada sencillo, pero al norirlandés le valía el bogey para ganar y así se lo hizo saber Harry, abriéndole el abanico de posibilidades y hasta recomendándole que, o bien jugara hacia la izquierda un ligero golpe de pura colocación a una zona de rough, o incluso que dropara con penalidad, pues la bola reposaba dentro del obstáculo, opción que finalmente fue elegida por el jugador, que acto seguido sacaba adelante el bogey sin mayores agobios. No era una situación cualquiera: su jefe, con 26 victorias de alto rango en la mochila llevaba más de medio millar de días sin ganar y se acababa de meter en un buen lío en el hoyo 72… También habrá pasado lo suyo el bueno de Diamond en el tiempo de sequía, así que bien se merecía tapar algunas boquitas.

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Abraham Ancer (-9), que había protagonizado un final supersónico en la milla verde, rubricando la vuelta con tres birdies en los último cuatro hoyos, dos de ellos en este tramo diabólico que forman los hoyos 16, 17 y 18 del recorrido de Carolina del Norte, se quedaba con las ganas de salir al menos a un desempate, aunque al mexicano muy mal no le debe saber tampoco este segundo puesto en solitario, que además lo impulsa hasta el top 15 de la Fedex Cup y puede que incluso hasta el top 20 del mundo. Su primera victoria en el PGA Tour aún debe esperar (suma ya cuatro segundos puestos), pero también es cuestión de tiempo que suceda.

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