Inicio Blogs David Durán Capítulo siete: Como un espectro blanco y difuminado

Capítulo siete: Como un espectro blanco y difuminado

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– Capítulo uno: Abro los ojos
– Capítulo dos: Jordan sólo decía ‘guau’
– Capítulo tres: Intimidades que no deberían contarse
– Capítulo cuatro: Tiger Woods al rescate
– Capítulo cinco: ¿de verdad seré yo el primero?
Capítulo seis: El parné, vil y encantador

*El aspirante es un relato de ficción escrito por David Durán durante el confinamiento decretado por el gobierno de España por la crisis mundial provocada por el coronavirus Covid-19. Se irá publicando por capítulos mientras dure la cuarentena.

Son las 8.41 y Guille ya no puede tardar demasiado. Me pregunto si será mejor ir a desayunar al restaurante o quedarnos en la habitación, una vez he descartado trasladarnos al player lounge. Sería una tontería hacerlo porque aquí, en Pebble, a pesar de estar en el hotel del campo, tanto el comedor de los jugadores como el campo de prácticas están lejos, cerro arriba, a la espalda del club, y no tiene ningún sentido andar por ahí fuera tanto tiempo, y mucho menos subir a desayunar para después bajar de nuevo al hotel.

Finalmente, tampoco me parece buena idea presentarme en el bufé del restaurante. Excesivo trasiego, demasiadas personas deseándome suerte, insufribles las palmadas en la espalda y desmedido el fingimiento de unos y otros, los más cercanos, como queriéndole restar trascendencia al asunto para no agobiarme.

Cualquier acción u omisión de quienesquiera que me cruzara me iba a molestar. Si disimulan, porque disimulan; si van al grano, porque van al grano; si me saludan efusivos, porque la efusividad no viene a cuento; si el saludo es sobrio, ¿a santo de qué tanta sobriedad?; si me ignoran, porque me ignoran, a mí, el líder del US Open.

Y si, definitivamente, meten la pata, pues eso, porque meten la pata.

Qué le vamos a hacer, sospecho que de madurez no ando sobrado. Tampoco soy un prodigio de equilibrio mental y me cuesta horrores calentar el músculo de la empatía en situaciones de cierto estrés.

Ahora sólo me queda esperar que Guille no se plante ante mí como un espectro, con el semblante de un color blanco humo, la figura difuminada y el carisma por los suelos. Así ocurrió cuando nos encontramos poco antes de salir a jugar la última ronda en Arabia, hace unos meses. Estábamos cinco jugadores empatados en cabeza, marchábamos en el penúltimo partido y me valió una vuelta muy apañada de 69 golpes para ganar. Era la primera vez que él se veía en tal tesitura, pues la semana de mi primer triunfo, dos años antes en Malasia, todavía tenía en la bolsa a mi hermano Miguel -el muy perro, en cuanto agarró el cheque me dijo que ya no seguía, que aquello de andar dando tumbos por aeropuertos y hoteles no estaba hecho para él-.

-No me preguntes por qué, yo tampoco lo entiendo, pero no he estado más nervioso en mi vida -me había dicho cuando nos encontramos en el putting green aquel domingo de Arabia-.

Tal bajón no casaba con su forma de ser ni de entender el golf o la competición. Tampoco le agradecí demasiado, claro, el brote de honestidad descarnada. Después, es cierto, recuperó la lucidez y remató una más que correcta faena que me ayudó a ganar, aunque todavía, con un putt de birdie de unos siete metros en el 18 y con la opción de ganar incluso haciendo el bogey, me espetó: “si aquí no hacemos tres putts es para pegarnos un tiro”. Magnífico apunte, recién rescatado del manual del caddie perfecto. Lo quería matar cuando aún me dejé un putt de vuelta de unos sesenta centímetros, que más que centímetros parecían pulgadas.

Llaman a la puerta. Es Guille. Viene como un espectro. Con el semblante de un color blanco humo, la figura difuminada y el carisma por los suelos.

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