Inicio Blogs David Durán Capítulo ocho: Los parias de este circo

Capítulo ocho: Los parias de este circo

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© Golffile | Phil Inglis
© Golffile | Phil Inglis
– Capítulo uno: Abro los ojos
– Capítulo dos: Jordan sólo decía ‘guau’
– Capítulo tres: Intimidades que no deberían contarse
– Capítulo cuatro: Tiger Woods al rescate
– Capítulo cinco: ¿de verdad seré yo el primero?
– Capítulo seis: El parné, vil y encantador
Capítulo siete: Como un espectro blanco y difuminado

*El aspirante es un relato de ficción escrito por David Durán durante el confinamiento decretado por el gobierno de España por la crisis mundial provocada por el coronavirus Covid-19. Se irá publicando por capítulos mientras dure la cuarentena.

-Esta mujer va a volverme loco.

Es lo primero que dice Guille, sin dar siquiera los buenos días. Ha llamado a la puerta, he abierto y lo ha escupido: esta mujer va a volverme loco. ¿Qué mujer? No tardo en comprenderlo: su novia. La chica a la que había conocido la pasada Nochevieja en una fiesta y que, desde entonces, era uña de sus uñas y carne de su carne.

Conversar, lo que se dice conversar largo y tendido, yo sólo lo había hecho una vez con ella. Durante una cena, en Madrid. Éramos cinco en la mesa y no tardó en ponernos firmes:

Que si ya podía yo dar gracias por ganarme la vida como me la ganaba.

Que si los caddies eran los parias de este circo.

Que si a ella nadie le había regalado nada.

Que si su madre y sus amigos siempre le decían que, de buena que era, parecía tonta.

Que si deberíamos aprovechar más los viajes para abrir la mente a otras culturas.

Que si los caddies eran los parias de este circo.

Que si ella, cada noche, antes de acostarse, se conectaba con su avatar cósmico, y también con el universo y la nada -así lo dijo: el universo y la nada-, repasando todo lo bueno y lo menos bueno de la jornada. Y que, incluso, apuntaba algunas notas en un diario después del trance espiritual.

Que si Dios, tal y como las religiones lo presentan, no existe, pero que indudablemente había un algo, un motor omnipotente, infinito y pasivo, una energía sublime que todo lo envuelve, aunque ella, llegado el caso, estaba dispuesta a casarse por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, ya se sabe, por no hacerle un feo a sus padres, pobres, que se habían privado de todo para darles un futuro a ella y sus dos hermanos.

Que si el dinero no daba la felicidad, pero que, ayudar, ayudaba.

Que si los caddies eran los parias de este circo.

Que si ella se había dado cuenta de que la diferencia entre triunfar o no hacerlo en el golf era casi una cuestión de puro azar, y que por tanto ya podía yo dar gracias (no dijo si a mis padres, al cosmos, al universo, a la nada, a esa energía sublime que todo lo envuelve o a quién) por estar donde estaba.

Que si su defecto capital era que se entregaba a la gente sin medida y sin esperar nada a cambio, y que así le había ido.

Que si la belleza estaba en el interior de las personas y sólo en el interior y que si ella se cuidaba tanto, tantísimo, sólo era por una cuestión de sentirse bien consigo mismo, sana y natural, conectada a la Madre Naturaleza.

Que si los caddies eran los parias de este circo.

Que si su hermano mayor, decorador interiorista, se las veía y deseaba para llegas a fin de mes, con lo excelente profesional que su hermano era.

Que si ella no había conseguido terminar nada, con 29 años cumplidos, qué te diría, ni siquiera el bachillerato, porque no había encontrado nada que colmara sus inquietudes.

Que si la música era el verdadero y único lenguaje universal.

Que si los caddies eran los parias de este circo.

Que si los perros eran más nobles que los seres humanos, aunque ella nunca había podido tener ninguno por culpa de una maldita alergia.

Que si el servicio en los bares y restaurantes era cada vez más ordinario y que, de tanto en tanto, no estaba de más poner en su sitio a quien correspondiera, camarero o encargado -después de las entradas, cierto, los segundos se estaban retrasando más de lo normal-.

Que si ella hacía mucho tiempo que había dejado de votar, total, para qué.

Que si los caddies eran los parias de este circo…

-¿Qué ha pasado? Le pregunto. Él, todavía fuera de la habitación, de color blanco humo y el carisma por los suelos; yo, apoyado en el quicio de la puerta, expectante. Entramos, suspira y me cuenta.

Que si, con el rollo del cambio horario, no la llamo cuanto debiera.

Que si los caddies somos los parias de este circo y tengo que hacerme valer. Que me haga visible, dice.

Que si reserva ya el apartamento en Ibiza y que te deje muy claro que esos quince días son sagrados.

Que si me estoy untando la crema solar que me dio, no vaya a ser que se me quede piel de elefante en el cuello y patas de gallo…

El US Open, Pebble Beach, los siete golpes de ventaja, el viento, la estrategia, los miedos… Todo queda ahora en un segundo plano. Es de ley. Las prioridades son las prioridades. Cada asunto a su tiempo. Tengo sólo 23 años, pero me sobra tacto y experiencia como asesor sentimental.

-Guille, querido, haz caso a tu madre y manda al carajo a esa pedorra.

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