Inicio Blogs David Durán Capítulo 27: Rápido, muy rápido, como todo lo bueno

Capítulo 27: Rápido, muy rápido, como todo lo bueno

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Vista del green del hoyo 3 de Pebble Beach Golf Links
Vista del green del hoyo 3 de Pebble Beach Golf Links
– Capítulo uno: Abro los ojos
– Capítulo dos: Jordan sólo decía ‘guau’
– Capítulo tres: Intimidades que no deberían contarse
– Capítulo cuatro: Tiger Woods al rescate
– Capítulo cinco: ¿de verdad seré yo el primero?
– Capítulo seis: El parné, vil y encantador
– Capítulo siete: Como un espectro blanco y difuminado
– Capítulo ocho: Los parias de este circo
– Capítulo nueve: Negro, de arriba abajo
– Capítulo diez: La familia, bien, gracias
– Capítulo once: Lucius y el golf como arte marcial
– Capítulo doce: Sin novedades en el ‘nueve’ titular
– Capítulo trece: Un milagro en tierras de Castilla
– Capítulo catorce: The Golfer who came in from the Virus
– Capítulo quince: Como si fuera el arco de un violín
– Capítulo 16: Qué gallito se pone el líder del US Open
– Capítulo 17: Todos los caminos llevan al tee del 1
 Capítulo 18: Lo que toda Norteamérica (o casi) espera de mí
 Capítulo 19: Rory, criatura, relájate un poco
 Capítulo 20: Un tierno y adorable anciano
 Capítulo 21: Un súper poder en el momento más oportuno
– Capítulo 22: Dos puños que chocan tímidos al salir del green
– Capítulo 23: Las vías abiertas de agua y los dos clavos ardiendo
 Capítulo 24: Un señor pull, pero que muy señoreado…
 Capítulo 25: Una línea bien trazada en el suelo
 Capítulo 26: Adri Arnaus bajaba por la calle del 16…

*El aspirante es un relato de ficción escrito por David Durán durante el confinamiento decretado por el gobierno de España por la crisis mundial provocada por el coronavirus Covid-19. Se irá publicando por capítulos mientras dure la cuarentena.

La dimensión temporal se mide también de acuerdo a un factor subjetivo que crean los estados de ánimo. La euforia y el bienestar contraen el tiempo, lo reducen; el dolor, la tribulación o la contrariedad lo expanden penosamente. No hace falta estudiar física cuántica para darse cuenta de ello, cualquier niño de primaria lo sabe: el recreo se va volando y las clases rozan la eternidad.

Afortunadamente, según esta ecuación el hoyo 3 ha sido un visto y no visto.

Drive contra un viento fuerte que viene en contra y de la derecha, apuntando al primer búnker de la derecha de la calle en este dog leg que gira a la izquierda. El golpe me sale de manual. Tengo la bola en la parte derecha de la calle y un tiro de 120 metros a una bandera que aguarda más bien pegada al borde derecho del green. Un fallo por ese lado te asegura el bogey y te pone mirando de reojo al doble. En este caso, por tanto, el viento, que ahora azota casi por completo desde ese costado y ligeramente en contra, puede incluso ayudar. Guille se asegura de recordarme a dónde no debo ir, pero envuelve con finura el consejo.

-Si la bola sale en línea a bandera no vamos mal. Sólo asegúrate de que pique a la altura del hoyo, porque normalmente lo hará a la izquierda de la bandera, en green.

Pego un disparo notable, más que aseado, agarrando algo corto el PW, así, con un stand bien compactito. Es lo que tocaba. Aún diría más: lo que necesitaba con urgencia. Voy a disponer de una opción de birdie de unos seis o siete metros, calculo desde la calle. Por cierto, en algún momento, mientras caminábamos hacia el fairway, se ha escuchado un rugido nítido desde el tee. Nítido, pero no histérico. Sonaba por tanto a birdie de Rahm, más que de Thomas.

Mi putt no tiene ninguna opción de entrar, pero he clavado la fuerza. Par dado. Lucius pasa más apuros -se había ido desde el tee al rough de la izquierda, puede que el más agreste de todo el campo- pero hace un gran cuatro enchufando un putt de casi dos metros. Ahora sí, le digo a Guille, vamos a consultar la clasificación. Hay alguna novedad inquietante: Rory, que ya ha jugado el primer par 5, hoyo 6, va cuatro menos en el día, -4 total, a dos golpes del líder, que obviamente sigo siendo yo con -6 y ese hermoso parcial de cuatro más en tres hoyos. Además, en efecto, Jon acaba de hacer birdie y también se ha puesto -4. Por detrás, Morikawa, Coody y McIntyre con -3.

Pebble está encendido. Es un puro regocijo que casi puede tocarse de tanto como retumba: la diligente estampida de los aficionados que siguen el juego hoyo a hoyo, el rugir de las gradas, el rumor constante del viento y el crujir de las carpas y de las ramas azotadas, y hasta el rotundo y acompasado batir de las olas, ahora que nos acercamos al mar en esta parte del campo.

No me cuesta nada sumarme al festejo mientras camino hacia el tee del hoyo 4. Camino decidido, respiro hondo y pausado y me siento un líder hecho y derecho a pesar de los pesares. También tengo tiempo de recordar una conversación que mantuve con Jon hace unos días. El martes, creo que fue. Nos encontramos en el vestuario después de la ronda de prácticas y él venía echando humo. No sé que tiene el maldito hoyo 3 de este campo -me contaba-, que creo que le habré hecho dos o tres birdies en mi vida, el último hace unos cuantos años, y no sé cuantos bogeys y dobles bogeys…

Hoy, domingo de US Open, en el penúltimo partido y con el torneo al fin abierto gracias a mi generoso arranque, acaba de hacer birdie. Es lo que hay. Pertenece a la estirpe de los insaciables y será capaz de cualquier pirueta. Si acaso no fuera él quien cantara victoria, debajo de la ducha, con el torneo finiquitado, todavía andaría buscando la opción de un birdie que lo metiese en un desempate.

El hoyo 4 también va ligero. Lo lidiamos en dos relámpagos. Zas, zas. Lo dicho: otra dimensión temporal.

Al fin había conquistado el honor de salir primero. En este par 4 corto y con viento decididamente a favor y de la izquierda, la tentación de ir a por el green es casi grosera. Pero hay que medir bien los arrebatos.

-Cuéntame lo que ves y lo que te pide el cuerpo. No te guardes nada -le digo a Guille.

-Vamos allá. Si pegas el drive es para llevar la bola al búnker de green de la izquierda y, una vez allí, rezar para que se quede en su lado derecho, cerca del talud, porque desde allí sí se podría atacar razonablemente bien esa bandera -que está pegada al flanco derecho del green, en una plataforma minúscula y recibiendo cuesta abajo-. Pero con la bola más lejos del talud, más a la izquierda, todo se complica muchísimo, porque ya es más difícil picar la bola en bandera y lo normal sería hacerlo cuesta abajo. Lío casi asegurado. Resumiendo: creo que ahora mismo, con este viento a favor, nos interesa jugar un hierro 7 a quedarnos delante del primer bunker de calle de la izquierda, para tener desde allí un tiro de unos 110 metros a bandera.

-Pues eso es exactamente lo que vamos a hacer -zanjo sin atisbo de duda. Y cojo el hierro 7. Y siento un swing de cadencia ajustada al milímetro. Y pego. Y la bola silba y saluda. Y vuela imperial.

Lucius Pay, sin embargo, agarra el driver y yerra a la izquierda del bunker de la izquierda. Desde allí, salvo milagro, no hará nada mejor que el bogey. Y eso, yéndole muy bien, pienso mientras echamos a andar.

-Te has jiñao. Teníamos que haber ido a por el green -valora circunspecto mi caddie cuando le devuelvo el hierro 7. Y no deja de sorprenderme este humor de tinte inglés en un tipo de Brea de Tajo.

El 58 a full desde unos 116 metros buscando el corazón de green, sin más. Y otro putt de birdie que fallo, éste de unos cuatro metros. Otro par a la bartola que confirma oficialmente el control de la hemorragia asesina. Siento el rostro afilado, como el de los grandes campeones ciclistas en el mes de julio.

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