Inicio Blogs David Durán Capítulo 28: Fumando espero a Pay en el tee del 5

Capítulo 28: Fumando espero a Pay en el tee del 5

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– Capítulo uno: Abro los ojos
– Capítulo dos: Jordan sólo decía ‘guau’
– Capítulo tres: Intimidades que no deberían contarse
– Capítulo cuatro: Tiger Woods al rescate
– Capítulo cinco: ¿de verdad seré yo el primero?
– Capítulo seis: El parné, vil y encantador
– Capítulo siete: Como un espectro blanco y difuminado
– Capítulo ocho: Los parias de este circo
– Capítulo nueve: Negro, de arriba abajo
– Capítulo diez: La familia, bien, gracias
– Capítulo once: Lucius y el golf como arte marcial
– Capítulo doce: Sin novedades en el ‘nueve’ titular
– Capítulo trece: Un milagro en tierras de Castilla
– Capítulo catorce: The Golfer who came in from the Virus
– Capítulo quince: Como si fuera el arco de un violín
– Capítulo 16: Qué gallito se pone el líder del US Open
– Capítulo 17: Todos los caminos llevan al tee del 1
 Capítulo 18: Lo que toda Norteamérica (o casi) espera de mí
 Capítulo 19: Rory, criatura, relájate un poco
 Capítulo 20: Un tierno y adorable anciano
 Capítulo 21: Un súper poder en el momento más oportuno
– Capítulo 22: Dos puños que chocan tímidos al salir del green
– Capítulo 23: Las vías abiertas de agua y los dos clavos ardiendo
 Capítulo 24: Un señor pull, pero que muy señoreado…
 Capítulo 25: Una línea bien trazada en el suelo
 Capítulo 26: Adri Arnaus bajaba por la calle del 16…
Capítulo 27: Rápido, muy rápido, como todo lo bueno

*El aspirante es un relato de ficción escrito por David Durán durante el confinamiento decretado por el gobierno de España por la crisis mundial provocada por el coronavirus Covid-19. Se irá publicando por capítulos mientras dure la cuarentena.

Qué ganas de prender un cigarro. Tiene su explicación, aunque a estas alturas del Siglo XXI los fumadores, los que de verdad aspiran y saborean la combustión de la hoja picada del tabaco a 600 grados de temperatura, sean poco menos que prófugos.

Es una pulsión que todavía me ronda. Comencé pronto a fumar. A los catorce años. Como mi hermano, como mi padre, año arriba o abajo -es posible que mi padre se iniciara a una edad todavía más temprana-. Y lo dejé apenas tres años después. El asunto tiene historia. Según iba tomando forma el campo de Brea de Tajo las visitas al pueblo de José María Olazábal fueron haciéndose más regulares. No es por casualidad que este recorrido sea el “ojito derecho” del diseñador, tal y como siempre ha reconocido. Su obra redonda. Como quiera que mi padre vendió una esquina de sus terrenos que entraba dentro del proyecto -el campo fue un maná derramado desde el cielo sobre unos cuantos pequeños agricultores-, y que luego siguió con curiosidad escéptica cada movimiento de tierras que hubo de hacerse, enseguida se entabló una relación entre el ganador de dos Masters y mi familia que al principio sólo fue correcta, incluso distante con mi padre, luego afable y finalmente de entrañable amistad. No fueron pocas las veces que Chema comió en mi casa, aprovechando un parón en el trabajo y disfrutando las dotes culinarias de mi madre y su atávico y generoso sentido de la hospitalidad.

Tampoco fueron pocas las ocasiones en las que mi hermano y yo testamos junto a Chema las bondades o anomalías de los nuevos tees y las agrestes calles escocesas que se iban abriendo paso en aquel rincón de Castilla. Y en una de aquellas salidas, mientras me encendía un pitillo, Olazábal me dijo: “Vamos, no fastidies, ¿otro? Cuanto más tarde lo dejes, más te vas a arrepentir”. Se había puesto grave y serio, aunque no me había dicho nada que mi madre, por ejemplo, no me hubiese repetido ya hasta la saciedad. Sin embargo, fue a partir de entonces cuando comencé a valorar seriamente la posibilidad de arrinconar el vicio, lo que ocurrió algunas semanas más tarde, quizá fueran meses. Debió ser que la sugerencia de un legendario campeón se me antojara sagrada.

Viene todo esto a cuento de aquella pulsión enfebrecida del fumador que en mi caso se agudizaba después de ejecutar un gran golpe en el campo de golf. No sé por qué extraño mecanismo fisiológico, espirituoso y mental, así era. Al exitoso suceso -un disparo certero, un putt convertido- seguía una excitación que de manera automática me impelía a prender el dichoso cilindro. El proceso, sin embargo, no se replicaba tras un error o un golpe fallido.

Regresemos entonces al inicio de esta diatriba humeante, camino del tee del 5: qué ganas de prender un cigarro. Y no era por la salida en el 4, aquel hierro 7 que hizo volar la bola más de 190 metros con el huracán de cola. Tampoco por el segundo tiro, inteligente y bien ejecutado al corazón del green. Y mucho menos por el putt de birdie errado. No, la excitación provino, me guste o no, del triple bogey que Lucius Pay recién acababa de firmar después de fallar la salida a la izquierda. Aquel drama había tenido de todo: posiciones horrorosas, huevo frito en el bunker, intento fallido de sacada desde la arena… Un rosario de pétalos negros.

Habrá quienes defiendan que, en mi situación, a un caballero no le cabe sino sufrir en carne propia la fatalidad del rival.

Sin duda, mienten. O se engañan. Y desde luego mezclan churras con merinas. Puede que alegrarse, lo que se dice alegrarse, no se alegre uno, es verdad, pero el alivio que se siente no anda muy lejos del regocijo. ¿Discreto y contenido? Por supuesto. La duda ofende.

A Pay le va a costar un poco más doblar la cerviz para besar la hierba en el tee del 5, primer par 3 de Pebble. Y no es que me alegre por ello. Él, por otro lado, no era ya a estas alturas el mayor de mis problemas.

-Vamos a centrarnos en lo nuestro -susurra Guille después de plantar la bolsa, como si viniera leyendo mis pensamientos. Tal cual.

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